Valorizar la diversidad

Por Daisaku Ikeda

Aquellos que pueden disfrutar las diferencias y descubrir en ellas la belleza más grande y el mayor valor, son expertos en la vida.

La vida es diversa, los seres humanos son diversos. Ese es el modo natural en que opera la naturaleza.

Durante mi primera visita a los Estados Unidos, presencié un incidente en un parque de la localidad, donde un niño afroamericano se iba corriendo humillado e iracundo, luego de haber sido excluido del juego por sus compañeros blancos. Puede que haya sido un pequeño e insignificante episodio, pero vislumbré que detrás del mismo se ocultaba el oscuro abismo del prejuicio. Este hecho me hizo reflexionar profundamente acerca del problema de la discriminación étnica.

Trágicamente, diferencias de cultura, nacionalidad o religión han sido usadas una y otra vez para dividir y clasificar a la gente en categorías, así como para discriminar a ciertos grupos. La historia ha sido testigo de las divisiones entre los miembros de la gran familia humana y de cómo éstos han sido conducidos de un interminable conflicto a otro.

Me parece que los Estados Unidos es el país con mayor diversidad cultural en el mundo, y por esa razón tiene el potencial de convertirse en una nación ideal, transformando la energía de culturas diferentes en un esfuerzo compartido de construcción. Los japoneses aún tenemos que aprender y crecer mucho al respecto. Los coreanos y otros asiáticos que viven en Japón todavía sufren terribles discriminaciones y los japoneses en general tenemos muy poco aprecio por el valor de la diversidad.

Los encuentros entre diferentes culturas no son siempre amistosos. La realidad de intereses opuestos y hasta de hostilidad debería ser tomada en cuenta. Entonces, ¿qué se puede hacer para promover las relaciones armoniosas?

El budismo enseña que debemos buscar la armonía en un nivel más profundo. Debemos lograr un nivel de misericordia suficientemente profundo que nos permita encontrar nuestro humanismo natural y trascender nuestras diferencias con los otros. Esto no es una negación del yo individual, más bien es la fusión del yo con otro, una expansión del yo limitado, el cual está comprimido por nuestro ego, hacia un yo expandido cuya escala es tan ilimitada e irrestricta como el universo.

En una ocasión conversé con un hombre afroamericano quien me dijo que siempre había estado obsesionado por sus raíces. Él no lograba deshacerse de la idea de que su gente había sido traída a América como esclavos. Esta idea estaba siempre rondando sus pensamientos. Luego, él continuó diciendo: "Estoy seguro de que la gente blanca abriga pensamientos similares acerca de nosotros. Están renuentes a tratar como sus iguales a descendientes de individuos que alguna vez fueron esclavos. Por esa razón, yo despreciaba a los norteamericanos blancos. Era imposible para mí apreciarlos cuando rememoraba cómo nosotros, nuestros padres, nuestros abuelos y nuestros ancestros hemos sido explotados, maltratados y discriminados por el hombre blanco."

"Desde niño, cada vez que era maltratado o sufría discriminación, me sacaban en cara que yo era negro. Llegué hasta el punto de deplorar la sangre que corría por mis propias venas. Cuando conocí la visión budista de las interconexiones de toda vida, eso colocó todo el tema de las diferencias raciales en la perspectiva correcta. Comprendí que había estado atrapado en enfatizar las diferencias en el color de nuestra piel."

Tratar de localizar las "raíces" de nuestra identidad en un grupo racial o étnico particular es una ilusión. Es como un espejismo en el desierto. Tal sentido de identidad, lejos de servir como una base común de pertenencia compartida por todos, sólo realza las diferencias entre uno y los otros, y se convierte en una causa fundamental de conflicto y agresión. De hecho, si los miembros de cada grupo se retiran, buscando sólo sus propias raíces y orígenes, la sociedad puede resquebrajarse en mil pedazos, dividiendo un vecino contra otro y ocasionando resultados trágicos.

Lo que se necesita hoy en día es una transformación fundamental de nuestro entendimiento de lo que significa ser humano. No debemos someternos a una nacionalidad o a una etnia. No debemos pensar que somos impotentes. No debemos considerarnos esclavos de nuestros genes. Fundamentalmente, tenemos un inmenso e ilimitado potencial. En esencia, cada ser humano es uno con el universo. ¡Cada individuo posee un inmenso poder y un infinito valor!

Hay mucha gente que ha sufrido heridas terribles, amargas penas y aflicciones como resultado de la discriminación. Mientras las reformas legales y otras reformas pueden ofrecer algo de protección contra este hecho, esto no será suficiente para proporcionar felicidad a la gente, debido a que la causa fundamental es el prejuicio y la predisposición que está profundamente enraizada en los corazones de la gente. A menos que las personas cambien sus sentimientos, la misma discriminación se continuará manifestando en formas aún más despreciables.

Es vital establecer en el corazón de cada persona una nueva y más profunda visión del ser humano, una visión que realce la dignidad inherente y la igualdad de todos los seres humanos. Yo creo que la solución más acertada al problema de la discriminación racial es una Revolución Humana, una reforma interior en las profundidades de la vida de los individuos para transformar el egoísmo que justifica el sometimiento de otros, y reemplaza por una visión llena de misericordia que no ve deferencias entre uno mismo y los otros y se esfuerza por lograr la coexistencia entre toda la gente.

La discriminación es absolutamente maligna. Aquellos cuyas mentes están atrapadas en el engaño perjudican la vida de los demás, así como la propia.

Una vez un estudiante con una incapacidad física me pidió consejo acerca de cómo enfrentar la discriminación y la intimidación. Mi recomendación fue que él tenía que fortalecerse. Eso también forma parte de la lucha por el reconocimiento del valor de cada individuo único y diferente, la lucha por los derechos humanos.

Lograr que nuestros derechos sean reconocidos por otros no se refiere simplemente a lograr que la gente se comporte favorablemente hacia nosotros. Debemos vivir con dignidad y estar orgullosos de nosotros mismos como individuos, sin importar cuál sea nuestra situación. Aquellos que nos ridiculizan o se burlan de nosotros son crueles y están equivocados por ignorar nuestro derecho a ser tratados como seres humanos. Nunca debemos dejar que sus burlas nos alcancen. El desarrollar nuestra propia fortaleza de carácter es una victoria para los derechos humanos.

Siempre he creído que debemos reconocer las diferencias y, debido a ellas, esforzarnos más aún para llegar a conocernos y comprendernos los unos a los otros como seres humanos. Aquellos que pueden disfrutar las diferencias y descubrir en ellas la belleza más grande y el mayor valor son expertos en la vida.

La Tierra nos nutre a todos. Revitaliza a todo la gente sin distinción. Un vibrante manantial de pura misericordia surge de su suelo, y si podemos encontrar nuestras más profundas raíces en ese manantial que sustente toda la vida, entonces las diferencias superficiales de género y etnia no sólo dejarán de dividirnos, sino que nos enriquecerán a todos.

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